WILL SMITH EN ECUADOR, PROMOCIÓN DE ALFOMBRA ROJA, GESTIÓN DE CAMINO DE TIERRA.

 

La visita de Will Smith a Ecuador ha sido celebrada como si se tratara de una política pública turística, un plan maestro de desarrollo o en un exceso de entusiasmo, casi una reforma estructural del sector. Un actor pisa el país, una cámara graba paisajes, y de pronto creemos que el turismo ha sido resuelto.

Nada más lejos de la realidad.



La promoción turística no es mala, de hecho, es necesaria. El problema surge cuando se la confunde con gestión del destino, como si la visibilidad mediática fuera sinónimo de planificación, gobernanza, control territorial y desarrollo sostenible. En otras palabras: creemos que un tráiler equivale a una película completa.

El impacto mediático funciona como un destello. Ilumina, deslumbra y genera titulares. Pero un destello no construye infraestructura, no regula la oferta turística, no mejora la calidad de los servicios, no ordena los flujos de visitantes ni fortalece la institucionalidad. La luz se apaga rápido, y cuando lo hace, el destino queda exactamente igual… o peor, porque ahora tiene más presión y menos preparación.

Desde la perspectiva de la Organización Mundial del Turismo, la promoción es la fase final de un proceso que debería comenzar con planificación basada en datos, gobernanza efectiva, regulación clara y desarrollo real de producto. En Ecuador, sin embargo, solemos invertir el orden: primero hacemos ruido, luego ¡si queda tiempo! pensamos en cómo gestionar las consecuencias.

El film tourism es un gran ejemplo de esta paradoja. La literatura internacional lo presenta como una oportunidad, sí, pero condicionada a una gestión sólida del destino. Sin control de flujos, sin capacidad instalada clara, sin inventarios confiables de oferta formal e informal, la exposición audiovisual se convierte en una invitación abierta al caos. Es como organizar una fiesta viral sin saber cuántas sillas hay, cuántos baños funcionan o si existe una salida de emergencia.

La presencia de una figura global como Will Smith genera una ilusión de validación externa. Si Hollywood nos mira, asumimos que ya somos competitivos. Si una serie nos muestra, creemos que el desarrollo económico llegará por ósmosis. Pero la fama no reemplaza la gobernanza, ni los likes sustituyen la planificación.

El riesgo no es la promoción. El riesgo es promover un destino que no está listo para ser promovido. Atraer más visitantes sin datos sobre capacidad de carga, sin regulación efectiva, sin control sobre la informalidad y sin una estrategia clara de distribución de beneficios es una receta probada para la saturación, el deterioro de la experiencia turística y el creciente malestar de las comunidades locales.

En este contexto, la promoción intensiva puede convertirse en un boomerang. Más visibilidad significa más presión sobre servicios básicos, más competencia desleal, más tensiones territoriales y, paradójicamente, una reputación más frágil. El destino se vuelve famoso… por las razones equivocadas.

El llamado “efecto Will Smith” puede ser útil si se canaliza hacia inversión, fortalecimiento institucional, mejora de la oferta turística y ordenamiento territorial. Pero si se queda en el espectáculo mediático, será solo eso: un momento viral, una anécdota para redes sociales y una oportunidad perdida para transformar estructuralmente el turismo.

Ecuador no necesita más aplausos ni más celebridades. Necesita datos, gobernanza, planificación, regulación y un modelo serio de gestión de destinos. Porque la promoción atrae miradas, sí… pero cuando no hay gestión detrás, lo único que atrae también son problemas.

La fama vende. La gestión sostiene. Y, por ahora, seguimos apostando más por el tráiler que por la película.

 




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